En la publicación anterior les planteé la gran mentira: creer que ser buena persona es un boleto de raspa y gana para recibir bendiciones. Hoy quiero profundizar en algunas consecuencias aún más peligrosas: cuando esa bondad mal entendida se convierte en una jaula que nos hace vulnerables, manipulables y, a la larga, nos enferma.
Fui víctima de esa nobleza. Me considero una persona buena y también muy noble dentro del constructo social que se le da al término “buena persona”. Esa combinación, cuando se deja en automático, les digo con sinceridad, es peligrosa. Porque la nobleza sin límites, sin consciencia, es tierra fértil para que otros pasen por encima de ti. El cultivo perfecto para los oportunistas, trepadores y manipuladores narcisistas.
Como siempre, quiero ser honesto, y esto no lo estoy compartiendo porque haya visto una publicación en Instagram. Lo comparto desde la vivencia y la observación: esa nobleza me llevó a una timidez extrema, a unas inseguridades tan absurdas que hoy, al recordarlas, me parecen cómicas. Pero en ese momento eran un martirio. Les confieso algo que quizá suene tonto, pero que marcó mi infancia: me daba una pena terrible ponerme pantalonetas. Así como lo leen. Me daba vergüenza mostrar mis piernas. Y eso, aunque parezca una tontería, era un síntoma de un problema más grande.
Imagínense: me gustaba el fútbol, estaba en una escuela de fútbol, y llegar a entrenar o a un partido era una tortura porque tenía que cambiarme delante de los demás. Era tal mi inseguridad que prefería irme con las medias largas puestas para no tener que mostrar nada. Los compañeros detectaban esa debilidad y me molestaban, y eso hacía que la vergüenza fuera aún mayor. Era un ciclo vicioso del que se desprendían problemas de timidez e incapacidad para sentir seguridad en mis habilidades.
¿Y por qué les cuento esto? Porque esa timidez, esa vergüenza irracional e inseguridad, no era más que otra cara de la misma moneda: la necesidad de ser “bueno”, de no molestar, de no destacar, de pasar desapercibido. Ser buena persona, en mi mente de niño, significaba no dar problemas, ser invisible. Y esa invisibilidad me convertía en un blanco fácil. Era un daño cerebral, una programación mental que me decía: “No te muestres, no te expongas, sé bueno o, si no, te van a cagar a madrazos y señalamientos”. Pero esa “bondad sin convicción” era, en realidad, una prisión.
Otra cara de la nobleza aparece cuando se convierte en complacencia.
Buscar agradar a todo el mundo, no chocar con nadie para que no nos rechacen. Pero, a la larga, eso permite que otros se aprovechen. Te conviertes en una esponja que absorbe todo: las culpas, los trabajos, los malos tratos. Absorbes aquí, absorbes allá, y llegas a un punto donde todo se somatiza. Y entonces aparecen las enfermedades, las cuales, al parecer, son el bono que se les da a esas personas que solo quieren bondad en la sociedad.
Tengo una tía que es una bella persona, demasiado buena. La lastima quien le da la gana; la manipula quien quiere. Y ella siempre espera que Dios la recompense. “Me robaron tal cosa, pero Diosito me va a recompensar con salud”. Vive con una salud delicada y, sin embargo, sigue manteniendo esa personalidad de “buena” que la hace vulnerable. Su bondad, sin límites, se ha convertido en su condena.
Pero fue otra persona, alguien muy cercana, quien fue el detonante definitivo para escribir sobre este tema. Una persona que da todo por su entorno, corresponde con amor a quien la rodea y, sin embargo, está pasando por unas circunstancias de salud delicada. Y yo me pregunto: ¿por qué a las personas buenas les pasan cosas tan duras?
He llegado a pensar, y creo que la respuesta está en que emocionalmente absorben demasiado. Y aparecen otras caras de la nobleza: no saben decir que no, no saben poner límites. Se convierten en el basurero de los problemas de los demás. Y un día, el cuerpo pasa factura. Esa persona que les menciono es una esponja emocional que nunca se exprime. Nunca hace un trabajo de introspección para soltar el peso que carga. Y así, la vida la va consumiendo.
Ser bueno no debería significar ser tonto. No debería significar aguantar lo que no se debe aguantar. Ser buena persona no es un permiso para que otros te pisoteen. La bondad, la timidez, la complacencia y la empatía, cuando son pasivas y no tienen límites, no te protegen: te exponen. Serlo no te hace merecedor de buenas cosas.
La gran lección de esta etapa fue entender que la nobleza no es lo mismo que la complacencia. Puedes ser noble y tener límites. Puedes ser bueno y saber decir “basta”. El problema es que nos han vendido la idea de que la bondad es sinónimo de sumisión. Y eso es un error monumental que nos cuesta caro.
Tampoco debemos achacar nuestros males a terceros: somos individuos y responsables de nosotros mismos. Así que la única responsabilidad sobre ti es tuya. Nadie va a venir a ayudarte. Actúa.
Si sientes que lo compartido te identifica, si eres de los que siempre dicen que sí, de los que absorben todo sin filtrar, te invito a hacer una pausa. Pregúntate: ¿estoy siendo bueno por convicción o por miedo al conflicto? Porque la respuesta puede cambiar tu vida.
En la próxima publicación les contaré qué pasó cuando empecé a cambiar, cuando aprendí a decir “no” y el mundo se me vino encima. Les adelanto que no fue fácil, pero valió la pena.
Si quieres compartirme tu experiencia, recuerda que puedes escribirme al correo electrónico que está en el pie de página. Tus palabras son bienvenidas, aunque sea en secreto.
Nos leemos en el siguiente capítulo. Chao.

