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Autor: Leonardo Puentes

La gran mentira: ser bueno para que te vaya bien

Sep 08, 2026 · 4 Minutos de Lectura
La gran mentira: ser bueno para que te vaya bien
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Hoy quiero sentarme a escribir con la misma sinceridad con la que les comparto cada video. Deseo hablar con ustedes, por medio de estas palabras, de un tema que me da vueltas en la cabeza y al que, desde hace bastante tiempo, le he realizado la debida introspección. Y es: ¿vale la pena ser buena persona?

No me refiero a ser un santo ni a hacer caridades extraordinarias buscando ser canonizado. Hablo de lo que entendemos socialmente por “buena persona” en el día a día: cumplir con nuestras obligaciones, ser amables con los demás, no ser groseros con nuestros padres, ser responsables en el trabajo y en la sociedad. Ese tipo de actitud y bondad cotidiana, la que nos enseñaron desde pequeños.

Y es que, desde que tengo memoria, nos han repetido una y otra vez que, si somos buenos, nos va a ir bien. Esa doctrina viene implantada desde la familia, el sistema educativo, la religión, la política… “Sé bueno para que Diosito te dé esto y lo otro”, me decían y aún dicen: “Sé buena persona y vas a recibir bendiciones”, “la vida te va a recompensar”. Pero ¿y si eso no es cierto?

¿Y si ser buena persona no garantiza absolutamente nada?

Lo cuestiono porque he visto a personas buenas, de esas que dan todo por los demás, sufrir enfermedades denigrantes que hacen perder la dignidad humana. Personas que fueron buenos hijos, buenos en sus trabajos, que amaban su vocación y, sin embargo, recibieron desprecio y malos tratos. Al final, ni siquiera lograron la cura que tanto esperaban recibir. Y así están muchos en este momento: están aguantando todo con la ilusión de que, después del sufrimiento, llegará la bendición. Pero la bendición no llega; para muchos no llegará. O no lo sé. ¿Por qué la muerte puede ser una bendición? ¿O no?

Eso me hace cuestionar: ¿será que estamos confundiendo las cosas? Porque parece que hemos convertido la bondad en un contrato: “Yo me porto bien y tú, Dios, me das cosas buenas”. Y cuando no se recibe nada, no nos frustramos ni nos sentimos ignorados; sentimos que debemos ser más bondadosos, tener más paciencia para recibir las bendiciones, porque tal vez la lista es larga o, peor aún, hace falta sufrir un poco más.

La vida no funciona así. Ser buena persona no es un boleto de raspa y gana.

Hay un error muy grande en creer que, por portarnos bien, las cosas malas pasan por algún detallito pequeño de egoísmo. O peor aún: cuando pasan, se tiende a pensar que es porque en el futuro vendrá algo mejor, y se acepta de forma “sádica” el sufrimiento. Eso es una trampa. Nos vuelve pasivos, nos convierte en personas que esperan, que se aguantan, que no reaccionan. Y esa nobleza sin limites nos hace vulnerables, manipulables, fáciles de dañar.

Miro a mi alrededor y veo a tantas personas con esa mentalidad: se aguantan malos tratos, se dejan usar y justifican todo con un “es que Dios me va a recompensar”. Pero yo he visto que esas recompensas no llegan.

Y entonces me quedo con la duda: ¿para qué ser bueno?

No digo que haya que volverse malo. Pero sí creo que hay que despertar de ese dogma. Ser buena persona no es un medio para obtener algo; es una forma de estar en el presente. Y si lo hacemos con la intención de recibir, estamos viviendo una mentira. Estamos comprando una ilusión que nos mantiene atados, esperando que una fuerza externa ejecute lo que nosotros mismos deberíamos construir con acciones físicas, no solo con buenos sentimientos.

Esta expectativa de recibir una recompensa divina se ha convertido en un acto interesado: ser buena persona a cambio de recibir salud, abundancia o bienestar material. Al parecer, se recibe su gracia al llegar a cierto puntaje: un acto bueno, un punto; un acto malo, menos tres puntos.

Las cosas materiales no se crean con emociones o buenos sentimientos; se crean a partir de las acciones físicas. Si no se hace nada, no va a llegar nada. Y si solo esperamos, nos quedamos con las manos vacías.

Este es el punto de partida de una reflexión que quiero compartir con ustedes a lo largo de varias publicaciones. Porque este tema es profundo, es como un iceberg: y hoy toqué solo lo visible. Más adelante veremos qué pasa cuando la nobleza, una característica muy normal de una buena persona, se convierte en una trampa; cómo aprendí a decir “no”; y por qué, a veces, los que hacen cosas “malas” parecen tener más abundancia material y bienestar observable.

Por hoy, te invito a hacerte esta pregunta sincera: ¿estás siendo bueno por convicción o por miedo a que te vaya mal?

Déjame tu respuesta, privada y en secreto, al correo electrónico que encontrarás en el pie de página. Nos leemos en el siguiente capítulo. Chao.

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