En el contenido anterior hablamos de cómo aprender a decir “no” cambia la forma en que el mundo te ve, y de cómo te señalan cuando dejas de ser el “bueno” complaciente. Pero hay una pregunta todavía más incómoda, una que me hice durante mucho tiempo: ¿Por qué quienes hacen cosas “malas” parecen tener más éxito económico?
Y cuando digo “malas”, no me refiero a delincuentes ni a personas que causan un daño grave. Hablo de esas pequeñas acciones socialmente cuestionables, pero que cualquier persona puede hacer: mentir en una venta, inflar los precios, no ser completamente honesto en un negocio. Esas cosas que la sociedad considera “malas”, pero que, a la larga, parecen dar resultados.
Les cuento una historia de un caso muy común.
Conocí a una persona que trabajaba en ventas. Era alguien muy correcto, muy honesto. Un día, en su trabajo, recibió un billete falso.
¿Qué hizo? Lo que cualquier “buena persona” haría: lo desechó. No lo metió al sistema para evitar que siguiera circulando y aceptó la pérdida. Un acto de honestidad. De responsabilidad.
¿Y qué pasó después?
Esa persona se cansó de que no le llegara esa parte material y concreta del progreso. Porque, por más que hacía lo correcto y por más que evitaba que otros resultaran perjudicados, seguía sin encontrar el beneficio económico que esperaba.
La honestidad, en ese caso, no le daba de comer. No le daba el progreso que necesitaba. Era una buena persona, hacía actos buenos, pero aun así tenía dificultades para pagar el arriendo, comprar comida y mejorar su salud. Y entonces llega un punto en el que uno se cansa tanto que decide volverse una “mala persona”, según la sociedad. Empieza a hacer cosas que antes no hacía.
¿Y qué pasa? Empieza a progresar. Empieza a encontrar ese beneficio económico que antes no llegaba.
No nos digamos mentiras: las personas vivimos en un círculo materialista cada día más intenso. Trabajamos porque necesitamos cumplir metas material de la vida: comida, vivienda, salud, impuestos y estabilidad. La mayoría de las personas trabaja para ganar dinero y satisfacer necesidades materiales, no necesariamente una necesidad espiritual.
Ser una buena persona en los negocios parece reducirse a esperar buenas bendiciones materiales. No es así.
Aquí aparece la paradoja, manteniendo el ejemplo de las ventas: algunas personas siguen siendo buenas en su esencia, pero ciertos actos “malos” les están dando el beneficio necesario para vivir dignamente.
Mantienen una doble cara. Son buenas personas con unos, pero con quienes participan en su negocio —quienes pagan, es decir, los clientes— con ellos realizan actos de “mala persona”. No necesariamente los lastiman de forma directa; simplemente les venden el producto un poco más caro de lo normal y obtienen un margen de ganancia mayor.
Si estamos hablando de beneficios económicos y de cosas materiales, lo mejor parece ser volverse una mala persona, ¿cierto? Porque si no se le miente un poco al cliente, el margen de ganancia es menor. Y, por lo tanto, se gana menos.
Yo mismo viví algo parecido.
Tuve una empresa de desarrollo de software y, durante las entrevistas, escuché historias muy duras. Recuerdo especialmente la de una muchacha de Colombia: madre soltera, cabeza de hogar, que vivía en una piecita con sus hijos, trabajaba como vendedora ambulante, luchaba mucho y quería conseguir trabajo como programadora.
El problema era que no tenía un equipo apto para el desarrollo.
Yo quería ayudarla. Tenía un portátil funcional. No era de alta gama, pero servía para trabajar. Se lo envié para que pudiera trabajar conmigo.
Era un acto de buena fe. Un acto de una persona que quería hacer lo correcto.
¿Y qué pasó?
El equipo llegó, ella lo recibió y nada más. No volví a saber de ella. Intenté comunicarme, pero fue imposible.
Entonces me pregunté: ¿este tipo de personas sabe detectar la buena fe? ¿Sabe detectar a la persona de la que puede aprovecharse?
Esa mujer aprovechó mi voluntad y mi buena fe para obtener un beneficio material. Yo, en cambio, con mi acto “bueno”, solo perdí.
Muchos dirán que gané experiencia y que aprendí a no confiar en cualquiera. Pero ahí aparece otra dificultad: desconfiar de todo el mundo puede sentirse como un acto de mala persona cuando uno ha sido educado para creer que debe confiar, ayudar y comprender siempre.
Ser una buena persona y actuar de buena fe puede hacerte vulnerable. Y esa historia, aunque no representó una gran pérdida material, me mostró cómo la bondad puede ser utilizada en tu contra.
Si ser bueno no te da dinero, si ser honesto no te da progreso y si tu buena fe es aprovechada, ¿qué sentido tiene ser una buena persona?
He visto personas muy correctas y responsables que se quedan estancadas. Tienen un buen trabajo, reciben un sueldo y no pasan de ahí. No pueden conseguir una casa ni progresar como quisieran. Son muy correctas, pero no avanzan.
Y luego ves a personas con dinero y éxito material que normalmente son catalogadas como malas. Son engreídas, egoístas y poco generosas. Así las vemos. Y, sin embargo, dentro de su entorno y de su familia, son buenas. Tienen una doble moral: son buenas con los suyos y “malas” con el resto.
Llega la pregunta incómoda, distópica, pero necesaria
Si el mundo está gobernado por la corrupción, si estamos en un sistema que premia a quienes hacen cosas “malas”, entonces ¿ser buena persona es una desventaja en este mundo material?
De todo lo que he visto y experimentado, hay una verdad que duele: Ser buena persona no te garantiza nada material.
Muchas personas que tienen éxito económico hacen cosas que, para otros, serían consideradas “malas”. Y quienes son muy correctos y honestos pueden quedarse atrás. Echa un ojo a lo que te rodea. Observa sin señalar y lo notarás.
Esto no es un consejo para que te vuelvas una mala persona. Es una invitación a reflexionar sobre tus creencias. Porque si sigues siendo “bueno” mientras esperas una recompensa material que nunca llega, estás viviendo una mentira.
En la próxima publicación les contaré cuál es la verdadera razón para ser una buena persona.
Porque sí, hay una; Y no es el dinero ni las bendiciones materiales.
Si quieres compartirme tu experiencia, recuerda que puedes escribirme al correo electrónico que está en el pie de página. Tus palabras son bienvenidas, aunque sea en secreto.
Nos leemos en el siguiente capítulo.
Chao.
