En la publicación anterior hablamos de cómo la nobleza mal entendida nos convierte en esponjas emocionales y personas pasivas que absorben todo hasta terminar enfermando. Hoy les quiero contar qué pasó cuando empecé a cambiar: cuando comencé a poner límites, a decir “no”, y el mundo que me conocía como “la buena persona” se me vino encima.
Pero antes quiero aclarar algo importante: la complacencia es un rasgo común dentro del comportamiento de la buena persona, yo no complacía a los demás porque lo decidiera conscientemente. No era una estrategia para caer bien. Era un comportamiento automático, algo que ya estaba instalado en mi subconsciente.
Era mi personalidad de “persona buena, servicial y noble”, esa que creía que lo correcto era sacrificarme por el bien de los demás. No lo pensaba: lo hacía. Era un programa mental que se ejecutaba solo. Ser así, en un campo minado de personalidades, provoca un desgaste físico, mental y emocional
Por eso quiero compartirles una historia personal y vivida.
En mi trabajo de oficina me encontré con un montón de personalidades diferentes: estaba el bravo, la persona que quería dar lástima, el manipulador y la chismosa. Y yo, con mi programación de “buena persona”, caí en una trampa sin darme cuenta.
Al principio era “normal”. Buscaba agradar a uno y agradar a otro. Quería ayudar y caerle bien a todos. No era una decisión: era mi naturaleza, un comportamiento fácil de llevar. Pero pasaron dos, tres, cuatro años y todo se volvió insoportable. Se volvió agotador. Mantener ese ritmo de empatía y servicio a cualquier hora me consumía la energía. Lo peor es que yo no me daba cuenta. Simplemente seguía haciéndolo.
Entonces decidí cambiar. Decidí ser yo mismo y hacer mi trabajo sin esa necesidad constante de complacer. Pero no fue un cambio consciente de “ahora voy a ser diferente”. Fue más bien el cansancio, la saturación, lo que me llevó a actuar de otra manera.
Y ahí empezó el problema.
Cuando dejé de ser aquella persona que ellos conocían, las cosas cambiaron. La jefa dejó de verme con buenos ojos. La líder del grupo, también. Y la chismosa, peor todavía. Empecé a tener conflictos porque ya no decía que sí a todo. Pero no fue solo en el trabajo. El cambio se extendió a todas las áreas de mi vida.
En mi familia pasó algo curioso, algo que marcó aún más mi temperamento. Yo siempre había aceptado cierta comida que no me gustaba, solo por agradecimiento, no por gusto. Era un gesto que hacía para no herir sentimientos. Un día, con respeto, dije que no me gustaba. Y me señalaron de grosero.
Ahí entendí que las personas no estaban acostumbradas a mi negativa. Mi “bondad” anterior se había convertido, para ellos, en la norma. Decir que no, aunque fuera con respeto, era interpretado como una ofensa.
Con mis amigos pasaba algo parecido. Me llamaban para jugar fútbol a altas horas de la noche. Y yo, aunque necesitaba descansar, sentía pena de decirles que no. Así que iba. Sacrificaba mi sueño solo por no parecer un mal amigo. No lo hacía por gusto, ni por compartir unos tragos después del encuentro, pues el licor no era ni es mi forma de socializar. Lo hacía porque mi programación me decía: “Un buen amigo no dice que no”.
Ahora, como no juegan de día, pues no me volvieron a invitar.
Con mi profesión también ocurrió. Personas que reconocían mi conocimiento en programación me recomendaban para hacer trabajos extras para estudiantes universitarios. A veces me daba pereza; a veces no tenía tiempo. Pero, por pena de decir que no, aceptaba. Eso consumía mi tiempo, me recargaba de trabajo y muchas veces ni siquiera me pagaban. Pero ahí estaba yo, diciendo que sí, porque mi subconsciente me decía que era lo correcto.
Por supuesto, un día me cansé y empecé a rechazar ese tipo de trabajos. Nadie murió. Nadie me extrañó. Comprendí que otra persona ya había recibido esa carga.
Y luego estaba el caso más complejo: mi tío.
Un hombre muy manipulador. Con sus recochas tontas, iba diciendo verdades a medias para manipular y conseguir que las personas lo ayudaran. Siempre criticaba. Siempre decía que todo lo hacían mal. Pero, al final, necesitaba ayuda. Y yo, como buen sobrino, siempre estaba ahí para él.
Hasta que un día dije que no. ¿Y qué pasó? Yo era el mugre. El creído. El que se creía más que todos. Así me calificaron.
Porque la gente que se beneficia de tu bondad reacciona mal cuando dejas de ser su proveedor. Cuando dejas de ser su persona disponible, te conviertes en el malo.
Como este es un problema serio, se convierte, por así decirlo, en una adicción. Y entonces llega el ciclo vicioso de la recaída.
Aquí viene la parte más dura.
Cuando empecé a recibir esas críticas, cuando la gente me señalaba porque cambié, se activó mi creencia de que “si me porto mal, me va a ir mal”. Empecé a atribuir mis problemas a mi cambio. Pensaba: “Esto me pasa por no haber ayudado a tal persona”.
Entonces recaí.
Volví a complacer, como quien vuelve a una adicción. Y al hacerlo, recuperaba esa falsa armonía. Pero era una armonía automática, vacía, que solo conseguía que las personas se aprovecharan más y más de mí. Me daban más trabajo, más responsabilidades, más culpas.
Era un ciclo sin fin.
Otra capa a eliminar: ocupacion no significa productividad
Hay otra capa en todo esto. Se cree que ser útil y estar disponible para las personas va ligado a una personalidad productiva. Como si estar ocupado, estar haciendo algo y estar resolviendo los problemas de otros te convirtiera en una persona valiosa. Y claro, si soy productivo y útil, se espera una retribución material adecuada, ¿no? Se esperan bendiciones, más allá de la salud. Se espera que el esfuerzo se traduzca en dinero, comodidades y progreso.
Pero no es así.
La disponibilidad constante no es productividad. Es servidumbre disfrazada de nobleza.
Y la retribución que esperas no llega, porque el mundo no funciona con esa lógica. Las bendiciones materiales no vienen de ser útil para todos; vienen de construir algo para ti mismo.
Pero a mí me costó años entenderlo.
Fue entonces cuando comprendí algo fundamental: es realmente difícil decir que no cuando uno cree que todo lo negativo es malo. Ese es el error que cometemos las personas que hemos sido criadas bajo el dogma de la bondad pasiva. Decir que no nos parece un acto de rebeldía, casi un pecado.
Pero decirlo es la única forma de recuperar nuestra vida y vitalidad.
Cuando me decidí a decir que no, se armó el mierdero final, y hasta el momento perdura.
Sigo siendo una buena persona, pero ahora aprecio mi presencia y tiempo. Mi entorno está protegido. Estoy atento a servir siempre y cuando verdaderamente sea necesario. Porque muchas veces las personas piden ayuda por pereza de hacer las cosas por sí mismas. Aman lo instantáneo y el cero esfuerzo.
Ese fue un momento difícil, pero valió la pena. Fue el inicio de un verdadero cambio. Porque entendí que ser buena persona no sirve para conseguir cosas materiales. Solo sirve para una cosa. Y de eso hablaré más adelante.
Por ahora, los invito a preguntarse: ¿Qué comportamientos automáticos tienes que te hacen decir que sí cuando quieres decir que no? Porque detrás de esos “sí” automáticos está la llave de tu libertad.
Si quieres compartirme tu experiencia, recuerda que puedes escribirme al correo electrónico que está en el pie de página. Tus palabras son bienvenidas, aunque sea en secreto.
En la siguiente publicación les contaré la gran paradoja: ¿por qué quienes hacen cosas “malas” parecen tener más éxito económico?
La respuesta es incómoda, un poco distópica, pero necesaria.
Nos leemos en el siguiente capítulo.
Chao.

